miércoles, 18 de febrero de 2009

LA REAL ORDEN DE LA LEGITIMIDAD PROSCRIPTA

En la extensa historia del Carlismo, de más de ciento setenta y cinco años; han existido numerosas condecoraciones militares para premiar a aquellos que se distinguieron en diversas acciones bélicas durante cualquiera de las tres Guerras Carlistas del Siglo XIX, así por ejemplo tenemos la Cruz de Montejurra, la Medalla de Alpens o la de Somorrostro, todas ellas concedidas por S.M. Carlos VII a combatientes en la Tercera Guerra Carlista, pero solo existe una única e importantísima Orden creada en 1923 por S.M. Jaime III, hijo de Carlos VII y que pervive en el presente: la Orden de la Legitimidad Proscripta.


La Orden de la Legitimidad Proscripta fue creada el día 16 de Abril de 1923 por S.M. Jaime III en carta dirigida al Marques de Villores, encontrándose su origen en las noticias que el Rey recibía desde España de las persecuciones que sufrían sus leales proponiéndose su Majestad conferirla “a todos los que por sus sufrimientos o servicios se hagan dignos de ella” y solo mientras dure el destierro de los Reyes legítimos de las Españas, cesando, por tanto, “cuando la Divina Providencia se digne poner término a éste”. La Orden creada por don Jaime III tenía por objeto, a tenor de lo manifestado en la carta al Marqués de Villores, que “los condecorados con esta distinción o sus herederos puedan atestiguar públicamente los derechos que han adquirido a mi gratitud y a la de España, por el ejemplo de fidelidad que han dado a todos”.


La estructura de la Orden de la Legitimidad Proscripta queda establecida en la mencionada carta de don Jaime III que textualmente dice: “la Orden constará de tres grados: caballeros, oficiales y comendadores”. En casos excepcionales se reserva el Rey “el derecho de conceder Grandes Cruces”. Igualmente, “no se podrá obtener la Cruz de una Orden superior sin haber tenido antes la de la Orden inferior inmediata; es decir, que antes de ser comendador, habrá de pasar por la categoría de oficial, y antes de ser oficial, por la de caballero”.


Las insignias de la Orden de la Legitimidad Proscripta consisten “en una Cruz de Covadonga colgada de una cinta con barras verticales negras y verdes; negras, color del duelo del destierro, y verdes, color de la esperanza del triunfo”. La cinta “será sencilla para los caballeros, y llevará una pequeña roseta para los oficiales, y otra de mayor tamaño para los comendadores”.


Desde su creación en 1923 siempre han actuado como Grandes Maestres de la Orden los Reyes sucesores de Don Jaime, así Don Alfonso Carlos I y Don Javier I, quien, por cierto, jamás concedió la orden mientras que solo fue regente. A la muerte de éste en 1977, Su Majestad el Rey don Carlos Hugo de Borbón Parma ha recogido las obligaciones con la Orden de la Legitimidad Proscripta impuesta por sus antecesores y por la lealtad sobradamente demostrada de tantos y tantos carlistas y esta actuando como Gran Maestre dotando a la Orden de unos estatutos que nunca había tenido hasta ahora y convirtiéndola en la Real Orden de la Legitimidad Proscripta.

martes, 10 de febrero de 2009

UN DEBATE IRREAL

“Seguiré luchando por la tercera república española y malditas las guerras y canallas los que las apoyan”. Con estas lacónicas palabras comenzaba don Julio Anguita, pocas horas después de enterarse de la trágica muerte de su hijo en Irak, una conferencia con motivo del aniversario de la República Española de 1931. Sin duda la afirmación relativa a la guerra se puede y se debe compartir pues recordando a Herodoto “no hay nadie que en su sano juicio prefiera la guerra a la paz porque en tiempos de paz, los hijos entierran a sus padres y ello resulta normal; mientras que durante las guerras son los padres los que entierran a sus hijos y ello, alejado de toda normalidad, resulta antinatural”, pero la mención a la forma de gobierno, monárquica o republicana, siempre es cuestionable y en cualquier caso no se puede aceptar una u otra alegremente sin que existan unos mínimos análisis y estudios de los que, por otro lado, tanto agradan al dirigente comunista.

No cabe duda que la creciente aparición de banderas tricolores en las pasadas manifestaciones antibelicistas supone un revulsivo y un escándalo para los beatos de la monarquía encastillados en cierta centenaria corte de papel que apresuradamente comenzaron una denodada defensa de la institución monárquica personificada en Juan Carlos de Borbón; no obstante, todo este debate sobre la Monarquía o la República, aparece como irreal y ficticio por no decir claramente que resulta inútil y estéril.

Es innegable que la república tiene sus ventajas sobre la monarquía, así como también es innegable que la monarquía tiene sus ventajas sobre la república siendo una de ellas, cuando no la fundamental y única, que la función del monarca es constituir una magistratura que, estando por encima de toda opción y ambición política y económica (que no por encima de la ley), conserve la prerrogativa de garantizar en último extremo los derechos de los más desfavorecidos frente a todo abuso de los poderes políticos o económicos y sirva de garantía infranqueable frente a todo desviacionismo de la acción de gobierno hacia la tiranía y la ilegalidad. Pero hoy en día la cuestión no es esa, no es hacer grandes y eruditas disertaciones propias del clasicismo o del renacimiento sobre las formas de gobierno, hoy la cuestión es menos sabia y más grosera. En el mundo actual todo esta mezclado y confundido, no hay formas de gobierno puras y toda forma de estado responde a intereses espurios en los que el pueblo solo es un convidado de piedra en el carrusel electoral.

Si se observa y analiza la república moderna más antigua existente encarnada por Estados Unidos de América, vemos en ella elementos comunes a todos los estados occidentales contemporáneos con independencia de que se trate de monarquías o repúblicas. En ella el pueblo es convocado a las urnas con periodicidad y teóricamente cualquier ciudadano puede acceder a la Presidencia de la República, pero hay datos objetivos que no pueden dejar de llamar la atención como es el hecho de que en la República de los Estados Unidos el poder político esta en manos de algunas familias que históricamente han intervenido directa o indirectamente en el gobierno desde su independencia en 1776, así podemos citar entre otras muchas a la familia Roosvelt que dio dos presidentes y numerosos graduados en West Point, a la familia Kennedy que dio un presidente, varios candidatos a la presidencia y multitud de políticos menores (diplomáticos, senadores...), a la familia Bush, con otros dos presidentes proporcionados al emergente imperio y algún que otro Gobernador. A este hecho hay que añadir que los presidentes norteamericanos deben su acceso a la presidencia a grupos económicos y financieros encarnados también por un número reducido de familias como la Rockefeller (que también desempeña actividades políticas directas), la Morgan, la Vanderbilt, la Hearts, la Carnegie... que controlan poderosas multinacionales y medios de comunicación y que imponen la política a seguir al mismísimo gobierno a cambio de su apoyo siendo la forma de gobierno que realmente rige en Norteamérica no una república ni una monarquía sino una verdadera aristocracia en la que los intereses del pueblo resultan irrelevantes no gobernando por y para el interés general y bienestar común sino para el interés particular de esa misma aristocracia político-económica.

Por lo que respecta a nuestro país (que francamente, es el único que me interesa), a pesar de que la Constitución de 1978 viene a confirmar como forma de gobierno la monarquía que fue instaurada por voluntad exclusiva de “Su Excelencia” en 1969, viene a suceder lo mismo que en la anteriormente mencionada República Norteamericana y que en las demás repúblicas y monarquías del Hemisferio Norte. En Las Españas, desde hace más o menos doscientos años, el poder político es patrimonio casi exclusivo de unas pocas familias que, capeando incluso muy sangrientas turbulencias políticas, han mantenido siempre su presencia política con monarquías, repúblicas y dictaduras. Estas familias entre las que se encuentran los Aznar, los Suárez, los Cabanillas, los Fernández Cuesta, los Primo de Rivera, los Calvo Sotelo, los Morán, etc. ... perpetúan sus cargos transmitiéndoselos a sus descendientes y llevando una muy interesante táctica de enlaces matrimoniales entre ellos que les permiten conservar siempre su influencia con independencia del partido que resulte vencedor en las elecciones. A estas familias “políticas” hay que añadir la existencia de otras familias “económicas” que se perpetúan en la vida económica del país del mismo modo y que aportan el apoyo financiero, económico y mediático al poder político para que éste gobierne en beneficio de sus intereses. Así podemos observar con estupor que nuestra política europea esta dirigida por grupos financieros e industriales, nuestra reciente política internacional en Oriente Medio, concretamente en Irak, ha estado condicionada gravemente, desde 1991, por los intereses económicos de las petroleras y constructoras españolas y que las relaciones diplomáticas con los países hispanoamericanos esta en su práctica totalidad en manos privadas, en manos de empresas multinacionales como Telefónica, el Banco Bilbao-Vizcaya o el Banco Santander Central Hispano. También resulta claramente manifiesto que la política interior ejecutada por el gobierno central o por los gobiernos autonómicos no es efectivamente elaborada y planteada por el Congreso de los Diputados, por las Cámaras Autonómicas o por el Consejo de Ministros sino por ciertos consejos de administración de entidades financieras y empresariales.

Así pues, atendiendo a estos hechos difícilmente cuestionables, la discusión sobre la Monarquía o la República resulta un debate altamente irreal, no tanto por la verdaderamente escasa militancia monárquica o republicana como porque, hoy en día, ni la República es sinónimo de libertad ni la Monarquía equivale a estabilidad. Actualmente ha quedado sobradamente probado que tan bananera puede ser una Monarquía como una República y que tan criminal y tiránica puede ser una República como una Monarquía, siendo el sistema de gobierno universal que impera en todos los estado occidentales sin excepción un sistema neoaristocrático nacido de una muy provechosa simbiosis entre un reducido número de familias que ejercen el poder o la influencia política y otro numero igualmente reducido de familias que disponen del poder y la influencia financiera y económica.

(Artículo tomado del blog www.elgritodelalechuza.blogspot.com)

viernes, 6 de febrero de 2009

EL PUEBLO CARLISTA, LA REALIDAD PLURAL DEL CARLISMO

El término Pueblo deriva del latín populus y puede remitir, en un sentido de sociedad, a un conjunto de habitantes de una nación (o a una parte de ella, de una región o un país). Como acepción de ruralidad considera una entidad de población de menor tamaño que una villa o ciudad, dedicada principalmente a tareas agrícolas. Nosotros, lo entendemos en el sentido de pueblo llano, de clases populares, que en cada época ha sido conocido por diversos nombres. El común era el pueblo llano. Y el Carlismo siempre ha hablado del común, siempre ha opuesto el concepto de Pueblo al de masas, conjunto de individuos, etc.

Sin duda, algunos se rasgan las vestiduras cuando nos definimos como pueblo carlista, para éstos resulta complejo y polémico que nos definamos así. Pero, es evidente que el pueblo carlista posee unas características que lo identifican y lo diferencian del resto de habitantes del Estado en el que se encuentra englobado. Esta conciencia de pertenencia al Pueblo Carlista, deseoso de preservar la paz y la seguridad, favorece la protección de los derechos humanos de sus miembros ante los ataques sufridos por el aparato del Estado o de quienes, a lo largo de los últimos tres siglos, se han declarado sus enemigos, decretando su persecución o su discriminación extrema y sistemática, sin que parezca existir una solución factible para que desaparezca esta actitud represiva.

Ante este término polémico y que no ofrece un único significado, es común en la doctrina internacionalista y en el criterio de determinados organismos de Naciones Unidas elaborar sus definiciones mediante la conjunción de un elemento objetivo y otro subjetivo.

El elemento objetivo de esta definición lo constituye el conjunto de características que como grupo reúne, en su totalidad o en parte, y que establecen un vínculo entre sus miembros, que es muy superior a la simple asociación de individuos dentro de un estado. Entre otras características objetivas, el pueblo carlista presenta la existencia de una tradición histórica común, de identidad, de homogeneidad cultural, de respeto a las variantes lingüísticas de cada uno de los pueblos de las España, afinidad religiosa e ideológica, conexión geográfica o territorial, vida económica común e importancia cuantitativa.

El elemento subjetivo guarda correspondencia con la conciencia de ser un pueblo y, también, con la voluntad de que se le identifique como tal. A estos efectos, el pueblo carlista está dotado de instituciones y otros medios para expresar sus características comunes y su deseo de mantener su manifiesta identidad.

El Pueblo Carlista es una realidad incontestable en el conjunto del Carlismo. Unas personas con conciencia de ser un Pueblo, que tiene una personalidad muy acusada y una visión particular de la vida cotidiana y que, sobre todo, no está para mimetismos con otros fenómenos políticos, sean éstos del tipo que sean. El Pueblo Carlista no entiende los bandazos en política, y cuando al carlista no le queda algo claro se retira a su casa para que nadie le pueda utilizar, y vuelve a la palestra cuando la libertad de sus Pueblos, la Patria y el Rey le necesitan, cuando se ejerce un liderazgo de forma nítida, diáfana, y de carácter unitario y no disgregador. Uno de los rasgos más acusados de este Pueblo, honrado y combativo, es la fidelidad a unas ideas, a una forma de hacer, a un partido aunque jamás éste haya palpado poder. Su concepción foral de la vida le permite estar abierto a la defensa de todo derecho de las personas, sociedades intermedias y pueblos de las Españas. Su sentido foral le impele a hacer hincapié en las libertades municipales, porque son las leyes, la legislación, la gestión que percibe más el ciudadano, harto ya de pagar impuestos a la provincia, a la Comunidad Autónoma, al Estado, y ahora a Europa. Percibir que tu calle está asfaltada, que la alcantarilla funciona correctamente, etc. induce a participar en la vida pública. Esto era el foralismo, el poder legislar lo más próximo. Basándose en esta idea, el Pueblo Carlista defendió siempre soluciones comunitarias a los problemas: bienes comunales, acción Cooperativista agraria, industrial, la defensa de cosas concretas. El Pueblo Carlista está harto de abstracciones que son propias del universo liberal, y quiere libertades concretas con sus derechos y obligaciones y que sean trasladables al día a día y no estén reservadas para su discusión en las salas de justicia. Quien se pretenda carlista y olvide en sus líneas programáticas y de acción que existe ese sentimiento de ser pueblo carlista, no tiene nada que hacer.

Los intelectuales liberales, los políticos profesionales al servicio permanente del sistema, en su obsesión por el poder podrán elucubrar cuanto que deseen, y vivir así del cuento unas temporadas más a costa de denigrar el carlismo, pero nunca entenderán a un Pueblo como el carlista, que siempre ha sido antidictatorial, que fue antifranquista cuando tuvo que serlo, que se ha mostrado históricamente antiuniformista, y que, también, ha sido capaz de levantarse contra toda tiranía y mandarinato cuantas veces ha sido necesario. Por eso –como nos indicaba Ramón Hernández- la permanencia del fenómeno carlista les resulta algo inconcebible después de casi dos siglos sin haber tomado el mínimo poder.

Publicado en el libro La lucha silenciada del carlismo catalán, bajo el epígrafe de Una presencia permanente. VI.- El Pueblo carlista, la realidad plural del carlismo (Biblioteca Popular Carlista, núm. 17 , Ediciones Arcos, Sevilla 2007) y tomado de la web http://www.reflexioncritica.blogspot.com

jueves, 29 de enero de 2009

¿QUÉ HACER?

Este blog lleva ya dos meses largos de andadura y tiene un número aceptable de visitas desde diversos puntos de la geografía española y también mundial.

Ya es hora de que los muchos o pocos lectores que tenemos nos digan algo: nos insulten o nos elogien, nos digan que cerremos la página o nos animen a mantenerla y también que colaboren con escritos en la alimentación de este espacio a favor no solo de Don Carlos Hugo de Borbón Parma, como Rey de los Españoles, sino sobre todo de los derechos de todos los españoles a vivir en paz y progresar individual y colectivamente bajo un estado de cosas que aleje definitivamente la corrupción y el mal gobierno de todas y cada una de nuestras instituciones.

Es hora ya de organizarse para reivindicar la participación directa de los ciudadanos en los asuntos públicos y reclamar la libertad humana secuestrada por la clase política imperante.

Es hora de exigir que la economía este al servicio de la humanidad y no al contrario.

Es hora de que la política sirva a los pueblos y no sean los pueblos esclavos de unas políticas capaces de tomar unas decisiones que, como consecuencia de las mismas, condenen a millones de seres a morir de hambre a miles de kilómetros de distancia de los puntos de toma de decisiones.

Es hora de que la moral y la ética retornen al mundo político haciendo de la política una vocación de servicio público.

Es hora, en definitiva, de que la sociedad tome la iniciativa en este momento en que todo el mundo político y económico aparece corrupto y lleno de vicios causantes de todos los males.

Cuando la clase dirigente miente, cuando utiliza el servicio público que es la política para medrar o realizarse personalmente, es preciso, es imprescindible, exigir que las cosas cambien.

Por todo y para todo ello, es preciso que nos organicemos para luchar sin complejos por la restauración de la justicia social y de las libertades perdidas.

Correo electrónico: pordoncarlos@gmail.com

lunes, 26 de enero de 2009

¿QUE ES LA MONARQUÍA POPULAR?

La Monarquía, es el sistema político creado por el pueblo para defenderse contra los abusos de los poderosos, de ahí que la principal misión del Rey es hacer justicia. ¿Que tiene la Monarquía para que el pueblo haya visto en ella una garantía de justicia?: La forma de sucesión, pues al estar basada en la legitimidad familiar hace que el Rey deba su poder a todo el pueblo, no a un grupo poderoso. ¿Que fuerza tienen entonces los argumentos antimonárquicos de "por qué ha de gobernar el hijo" o "si el heredero es tonto"? Son alegatos burgueses que quieren ocultar que el que suceda precisamente el hijo es la garantía del pueblo frente a los poderosos, y que si el heredero es "tonto" no gobierna, como ya ha ocurrido en la historia, y el derecho pasa al designio en la Ley de Sucesión, fijada con intervención del pueblo". Entonces ¿el Rey, reina y gobierna?: Claro; si sólo reinase sería una figura decorativa, y de lo que se trata es de que administre justicia".

Artículo tomado de www.monarquiacarlista@blogspot.com

domingo, 18 de enero de 2009

PALABRAS DE SU MAJESTAD EL REY DON CARLOS HUGO EN EL ACTO DE IMPOSICIÓN DE CRUCES DE LA ORDEN DE LA LEGITIMIDAD PROSCRITA, CELEBRADO EL DOMINGO DÍA 28

"Quería deciros, en primer lugar, que esta mañana durante la Misa me di cuenta de la suerte que tenemos todos de ser cristianos, de haber nacido después de la venida de Cristo en el mundo, y de poder ver nuestra vida no como una vaga esperanza lejana, sino como una certidumbre de que todo lo que hagamos en la vida, sea grande o pequeño, tiene sentido porque Dios pone todo esto al servicio de la sociedad.

No somos nosotros los que tenemos el poder multiplicador de nuestra actuación, es Él, el que utiliza nuestras acciones y nuestras ideas para el servicio del mundo. Lo digo aquí, en el aniversario del fallecimiento de mi padre, el Viejo Rey Javier para los carlistas, porqué fue un hombre que desde joven participó en todas las luchas que ha habido, siendo un hombre personalmente pacífico. Empezó en la sublevación de Portugal, antes de la Primera Guerra Mundial desde el inicio al final en el Ejército Belga, después estuvo en la preparación de la guerra civil nuestra, después en la resistencia a la ocupación nazi en Francia, luego en el campo de concentración, y ya un año después, al volver de aquél, volvió a cruzar la frontera clandestinamente hacia España, por el Bidasoa, para poder tomar contacto con los carlistas que en España estaban contra el Régimen o, mejor dicho, a favor de una evolución democrática del mismo. Es decir, que ninguna pena, ningún peligro, ningún dolor, ninguna amenaza le paró en el cumplimiento de su deber. Y esto lo hizo como hombre, como príncipe y como cristiano.

Nos encontramos hoy en una situación difícil porqué estamos bloqueados por todas partes, y curiosamente el peor bloqueo viene muchas veces de gente que no son enemigos nuestros pero que no quieren que se hagan los cambios que creemos indispensables en la sociedad. Tenemos que darnos cuenta que cuando estamos inmersos en un grupo humano, político, tenemos la tendencia a desesperarnos o a abandonar el campo. Yo digo que esto es un error, siempre ha sido un error, porqué entre cada guerra carlista del siglo XIX parecía que estábamos muertos políticamente, y luego teníamos que salir otra vez, otra vez, y otra vez. Ahora estamos en una situación semejante, pero no frente a una situación de guerra, sino en una situación de propuesta política para ayudar a nuestra sociedad a progresar en el mundo actual. Nuestra misión sigue intacta. Proponer soluciones modernas a los problemas de siempre.

Asistimos a cuatro crisis. La primera, la más evidente que vemos todos, no solamente en España sino en todo el mundo democrático, es la crisis de los partidos políticos. Los partidos políticos eran enormemente útiles en una época donde la confrontación era ideológica y a veces casi violenta.
Era la solución, la alternativa a la violencia, era la discusión. Los partidos políticos han jugado en el mundo occidental un papel de primerísimo orden durante casi 100 años, pero hoy en día parece que al desaparecer la amenaza de una lucha violenta se han transformado poco a poco en un simple mecanismo de elección por el que los partidos deciden quienes van a ser los candidatos y quienes van a ser los elegidos. Con lo cual han perdido gran parte del sentido mismo de lo que debe ser un partido político.

El partido político sigue siendo esencial porque es el único instrumento legal que puede dar legitimidad al poder. Pero deben además ser ellos mismos una escuela del pueblo, un medio de comunicación entre el hombre y el estado, entre el gobierno y el poder. Esto es un hecho que no solamente afecta a España, como decía antes, sino a todos los países europeos. Hoy día hay otras vías para canalizar la voluntad de actuación de los hombres, en particular por el nacimiento de organizaciones no gubernamentales que pretenden alguna forma de representación popular, porqué representan - dicen ellos - a la sociedad civil. Creo que esta pretensión es hoy día exagerada, porqué no hay dos sociedades, hay una sociedad y toda ella es civil. Lo que hay que ver es lo positivo: cumplen con una necesidad, crean una iniciativa donde los partidos no la tienen. Sin esta evolución, sin estos movimientos no gubernamentales es difícil, en efecto, promover ideas nuevas incluso dentro de los partidos.

La segunda crisis es en las relaciones sociales. Durante casi un siglo el gran instrumento de diálogo social han sido los sindicatos, pero los sindicatos se han encontrado arrinconados poco a poco en una postura puramente reivindicativa, porqué los partidos políticos - incluso los de izquierdas - no veía provechoso que el sindicato tuviese una participación directa en las decisiones socioeconómicas. Nosotros siempre hemos creído que el sindicalismo no puede ser simplemente reivindicativo o defensivo, tiene que tomar responsabilidades frente a las problemáticas de la sociedad e integrar el mundo del trabajo, sea cuál fuere este mundo del trabajo, en las decisiones socioeconómicas. Por eso siempre hemos defendido la tesis de la presencia de un Consejo Económico y Social, para establecer un diálogo responsable con el gobierno y con los partidos políticos. Es necesario hoy en día encontrar una forma de diálogo. El obrerismo del siglo pasado ha desaparecido, el trabajo hoy en día en su inmensa mayoría ya no es manual. De modo que tenemos que inventar otra forma de comunicar esta fuerza vital del trabajo que hay en la sociedad, que permita controlar su economía y no caer en un sistema donde es la economía la que controle la sociedad. Si no consideramos esta realidad, nos encontraremos en una sociedad disminuida y limitada a la voluntad de los que disponen de los medios económicos.

La tercera crisis es la de las autonomías. A nosotros nos encanta ver que se potencien las autonomías, pero en vez de hacerlo como nosotros propusimos hace 170 años - sobre la definición clara de qué son las autonomías y cómo se puede construir un estado comunitario fuerte y solidario como la Confederación Helvética o en la República Federal Alemana -, hemos caído después de dos siglos de centralismo y medio siglo de franquismo en una reacción centrífuga de difícil salida. Lo que queríamos, y lo que
seguimos queriendo, son unas autonomías sobre las cuales se pueda construir una comunidad de comunidades. Eso era precisamente el sentir del juramento de los Fueros. En Gernika el Rey garantizaba las autonomías, que a su vez eran las bases de la autoridad real.

Es el mismo sentido que deseamos para una futura unidad europea respetuosa con las libertades y personalidad histórica de los pueblos unidos por el interés general. Así se crea un reconocimiento entre unas culturas y unas tradiciones que tienen un sentido anterior al estado. Si esto es verdad par España, también lo es para la construcción de la Europa del mañana, que no puede ser una Europa centralista y negadora de las libertades de los pueblos que la constituyen. Tiene que ser una Europa que garantice aquellas libertades de los pueblos al mismo tiempo que les una en lo que es tarea común.
La cuarta crisis es mundial. El actual sistema de desarrollo lleva a que del conjunto de la sociedad humana - que dentro de 25 años tendrá 8.000 millones de hombres - 1.000 millones vivirán en los países actualmente muy desarrollados (Europa, América del Norte, Japón y algunos países del Pacífico) y 7.000 millones vivirán en países en vías de desarrollo elevado, o en vías de desarrollo inicial o incluso aún en el subdesarrollo. Quienes puedan pensar que un mundo cuya velocidad de comunicación hoy en día es tan grande que se puede estar en cualquier parte del mismo en materia de segundos en cuanto a la comunicación, y de horas en cuanto a desplazamientos de personas, sea un mundo pacífico si frente a los 1.000 millones que viven en la parte súper desarrollada del mundo, aún existen 7.000 millones de personas que viven en países menos desarrollados o incluso subdesarrollados.
La experiencia del siglo pasado ha demostrado que la desigualdad de niveles económicos demasiado fuertes entre comunidades crea siempre conflictos violentos, sean internos o externos. No hace falta decirnos que un conflicto violento hoy en día puede ser, o representar, el fin del mundo.
No era posible hace 500 años o incluso 200, pero ha empezado a ser posible ya hace 50 años, con las armas nucleares y biológicas. De modo que hay una nueva crisis que aparece y que no tiene clara solución. Pero el desarrollo no consiste en tirar dinero al problema, sino hacer posible que todos los pueblos tengan la capacidad de autodesarrollarse. No se trata, repito, de darles limosnas, no se trata de echar un poco de dinero a los pobres para que se callen. Se trata de realmente crear una estructura del mundo que permita que los pueblos se desarrollen ellos mismos con plena dignidad. Y cuando oigo que no es posible que dentro de 25 años el mundo subdesarrollado llegue a nuestro nivel, reconozco que es verdad. Que no es posible. Pero que hay una diferencia inmensa entre una situación en la que se vea una luz al final del túnel o una situación en la que esos pueblos no vean ninguna salida al túnel de su agonía y subdesarrollo.

Me diréis que he hecho una reflexión religiosa al principio, porqué con la edad uno se pone cada vez más religioso. A los 37 años, la vida que un tiene por delante es evidentemente mucho más corta que la que tiene por detrás, pero si miro a los años que tengo por delante, muchos o pocos, es con la perspectiva de una época donde se pueden hacer grandes cambios con vuestra participación, por lo menos iniciales, en la sociedad. Ahora he creado una Fundación para estudios y propuestas de ayuda al desarrollo dirigida fundamentalmente a Iberoamérica porqué creo que es esencial que España dé un nuevo sentido a su presencia cultural, religiosa, intelectual y humana en este inmenso continente, que representará dentro de 25 años entre 600 y 800 millones de personas hablando castellano o portugués. Es ahí donde la influencia e iniciativa de España puede tener un papel esencial de cara al desarrollo mundial.

Para presentar soluciones a las cuatro problemáticas de las que he hablado se deben promover estas ideas del debate público en el clima de libertades democráticas que consagra nuestra Constitución. Hay un dicho que confirma que las ideas mueven el mundo. Es verdad, las ideas tienen un poder multiplicador si responden a una problemática percibida por todos.

Tenemos que ver el mundo en el que vamos a entrar como un mundo que puede ser totalmente distinto del actual, más que copiar del pasado tenemos que crear un futuro. Un futuro para el que, con la ayuda de Dios, confió en mis hijos, como cada uno de vosotros confía en los suyos. En Carlos, que trabaja en las relaciones internacionales con las comunidades europeas. En Jaime, dedicado al Servicio Diplomático, ahora en Irak después de haber estado en Bosnia. En Carolina, que después de haber trabajado para las Naciones Unidas en África, ha estado prestando ayuda en Palestina, en Gaza y en Jerusalén. Estos son testimonios de una juventud dedicada al trabajo y a la ayuda a la sociedad de una forma o de otra, pero como muchos otros miembros de la comunidad humana trabajan no solamente par sí mismos, sino también par ayudar al mundo. También, y no menos importante, la formidable ayuda de todos los carlistas que en España luchan por proponer nuevos cauces a una sociedad diferente. Al fin y al cabo el mundo no solamente tiene que cambiar, está ya cambiado, cada persona puede ser parte de este cambio.
En los 180 años del Carlismo su supervivencia puede sorprender a mucha gente. En realidad es debida a que siempre ha estado presentando soluciones que aunque no fueron aceptadas antes, se hacen hoy día necesarias. Y la suerte también es que por vez primera en 180 años, desde hace veinticinco disponemos de una Constitución que ampara las libertades, ya podemos proponer nuestras ideas legalmente, sin cortapisas y ésta es nuestra obligación de hacerlo dentro de la legalidad vigente, porque esta legalidad lo hace posible.

Ahora, esta mañana tenemos también que felicitar a nuestros amigos a los cuales he concedido la Cruz de la Legitimidad, la distinción creada por Don Jaime para quienes han destacado por su lucha, por la fidelidad, por la generosidad, por la entrega, por la alegría, por el sacrificio. Digo esto a los que han recibido la Cruz de la Legitimidad porqué sus ejemplos son más convincentes muchas veces que las ideas, porqué el testimonio es lo que transforma una idea y un ideal en una realidad vivida. Poco antes de terminar este acto, tomó de nuevo la palabra Don Jaime y dijo: Cumpliendo con la petición de mi padre hace 25 años, aquí en Arbonne, quiero hoy delante de esta representación del Carlismo en general anunciar que a partir de hoy, tres de mis hijos llevarán títulos exclusivamente carlistas. Carlos llevará el título de Duque de Madrid, Jaime el de Duque de San Jaime y Carolina el de Duquesa de Gernika. Y yo me reservo el de Conde de Montemolín".

jueves, 8 de enero de 2009

LA DINASTIA CARLISTA, OTRO ELEMENTO BASICO DE REFERENCIA

Toda organización necesita puntos de referencia y, es evidente que para el Pueblo Carlista la dinastía carlista, la legítima, cumple esa función de conexión. En el transcurso de nuestra historia, la importancia del factor dinástico es indudable y éste se ha de entender como presencia aglutinante, como un elemento positivo de arbitraje, garantía y defensa en la construcción y continuidad del movimiento carlista.

El Pueblo Carlista ha permanecido atento y vigilante para que el orden sucesorio se diera dentro de la legitimidad de ejercicio, porque era el “derecho” por él constituido que hacía invulnerables sus esencias de libertad. Frente a los exegetas de la dinastía usurpadora liberal que imponían en el normal mecanismo sucesorio doctrinas sobre exclusiones por la sangre, el pueblo carlista clamaba por el ejercicio del derecho consuetudinario, que anteponía la legitimidad de ejercicio que condicionaba ese derecho de automatismo de la sangre. De este “derecho popular” nacía el pacto, que constituía la fuente política del ejercicio democrático. Con este pacto y esta doctrina sucesoria o legitimista, los reyes carlistas se erigían en defensores de las libertades populares y se hacía posible esa simbiosis pueblo-dinastía capaz de afrontar los embates del liberalismo y del integrismo. En el Carlismo la legitimidad dinástica radica en el Pacto Pueblo-Dinastía, que se fundamenta sobre el consentimiento libre del pueblo carlista que ejerce su derecho de libre determinación, que tiene carácter universal y cuya inalienabilidad implica que no puede producirse, ni jurídicamente ni por la vía de los hechos, elección alguna que sea irreversible.

En diciembre de 1967, en Lisboa, Don Javier reunía el Capítulo de la Orden de la Legitimidad proscrita. Hacía más de cuarenta años que no se podía realizar una celebración de ese tipo, donde imponer las Cruces concedidas para premiar lealtades y méritos. En este acto, Don Javier recordaba a los presentes que “el Carlismo es más que un concepto de legitimismo. No defiende un derecho puramente histórico, sino la vigencia profunda de la autoridad legítima que sirva al bien común. Cumple unos deberes actuales, una misión plenamente actual. Si es legítimo por su origen lo es también porque se legitima cada día por su actuación."

En Portugal, el 3 de octubre de 1976, Don Carlos Hugo había dejado clara la postura sobre la monarquía. “No hay problema dinástico. Solamente lo habría si dos dinastías compitieran por el mismo trono. Mis metas, las de mi familia no son las de ocupar la jefatura de un Estado, a nuestro juicio autoritario, no democrático e históricamente superado. Nuestras metas son realizar una sociedad nueva, socialista y pluralista. En cuanto a la Monarquía lo plantearemos o no lo plantearemos, según veamos que en ese momento es útil o no al progreso histórico de la sociedad que creemos deseable para España. El problema de la monarquía no lo planteamos como una condición “a priori”, sino como posible complemento o superestructura de un planteamiento histórico revolucionario, que es la realización de una sociedad socialista y de autogestión. Ni yo ni mi familia renunciamos, por ello, a ninguno de los derechos que nos corresponden”.

A su regreso del exilio, don Carlos Hugo de Borbón-Parma declaraba: “No vengo a plantear ningún pleito dinástico, pero tampoco me propongo renunciar a ninguno de los derechos y deberes que me corresponden”. Los carlistas no planteamos un litigio dinástico, sino un pleito político, un proceso esencial de estructuración de abajo arriba de la sociedad y del Estado, que considera siempre que la sociedad y sus cuerpos intermedios son anteriores a la existencia de éste. Un Estado que no es un fin en sí mismo, sino un fin para algo, un algo que es el elemento humano, el garantizar y proteger los intereses de una población, que es la única causa que puede justificar su propia existencia.

El 13 de octubre del 2000, en Trieste, en el II Capítulo General de la Real Orden de la Legitimidad proscrita, Don Carlos Hugo de Borbón Parma añadió algunas consideraciones a las palabras de su padre en el I Capítulo, que reproduzco a continuación:

“La primera es que el Carlismo representa algo único en la Historia, la voluntad de un Pueblo que ha legitimado una Dinastía. Es un pacto entre el Pueblo y una Dinastía. ¿Y esto, qué implica? Implica que el Carlismo a lo largo de ciento setenta años ha hecho cuatro levantamientos, ha perdido cuatro guerras; y la peor perdida ha sido la última, porque no fue una guerra carlista propiamente hablando, y el Carlismo ha sido destrozado. El Carlismo ha sido destrozado pero no vencido. No hay ningún partido político en el mundo actual, ni uno, que tras tales circunstancias haya sobrevivido más de setenta años ¡y nosotros tenemos ciento setenta años! Esto significa que la Dinastía Legitima no busca su legitimidad únicamente en el derecho, aunque lo tenga allí, sino que la busca en el Pacto de la Dinastía con el Pueblo.

Muestra de ese Pacto es aquí, en la Basílica que hemos visitado esta mañana, donde reposan los restos de los reyes carlistas. Ellos no rompieron el Pacto. Estuvieron al lado del pueblo carlista, del pueblo español, para luchar por esas libertades fundamentales a las que nunca podrá renunciar el Carlismo: la Libertad del hombre, la Dignidad de los pueblos y la Justicia en el mundo.

En el momento actual en el que tanto se habla de mundialización, nosotros venimos a ofrecer una solución. Hoy en día el mundo entero está representado en las Naciones Unidas por más de ciento ochenta países, de los cuales las tres cuartas partes son países pobres. La mundialización, la construcción de una unidad mundial es absolutamente necesaria para el desarrollo de todos los pueblos. Pero mientras comprobamos esta necesidad, vemos también sus peligros: que se haga una mundialización a favor de los ricos y no se cuente con los pobres.

Y es la segunda cosa que os quería decir: para evitar la marginación de los más pobres el Carlismo rechaza un sistema mundial que no esté enfocado hacia el bien general y hace un llamamiento a todos los pueblos para que participen en una gran federación que sirva a la protección de la personalidad individual de cada uno como a la personalidad colectiva de todos los miembros de estos mismos pueblos.

Los pueblos de España no responden a una mediación aritmética, jurídica o cuantitativa; son unos pueblos que, con su bagaje histórico, constituyen la identidad de los hombres y de las mujeres que conviven en esas naciones y han formado y forman hoy en día España. Han hecho España. En esa misma línea de libertad de cada pueblo es la razón de estar acogidos y formar parte de la comunidad mundial con el respeto que se debe a cada uno y que proporcione a cada uno la posibilidad de ser dueño de su libertad y de participar de la responsabilidad mundial.

Esto es lo que queremos aportar y, también, lo que quería deciros en este momento en el que nos reunimos aquí para celebrar este acto. No preocuparos de lo que ha pasado, sino de lo que va a ocurrir. He estado muchos años en una universidad y he visto como la sociedad moderna ha comprendido que no puede seguir viviendo lamentándose de la situación actual sino pensando en lo que realmente se puede hacer y cuales son las metas.”

Al concluir este parlamento y tras serle impuesta la Cruz de la Legitimidad proscrita, Don Carlos Javier de Borbón Parma, espontáneamente, dirigiéndose a su Padre, pronunció estas palabras: “Aitá, Padre, haré lo posible para ser digno de tu ejemplo y, con Jaime, Margarita y Carolina recogeremos la Bandera para nuestra generación.”

El papel de árbitro de la situación es una función esencial que el carlismo ha reservado a la dinastía a lo largo de estos siglos, una posición de árbitro que ha de ser entendida por todas las partes. En algunas reuniones determinadas personas expresaban a don Carlos Hugo que mantuviera este papel, que no se decantará hacia ningún sector concreto, y que la posibilidad de acceder hasta él fuera independiente de la postura que adoptase cada uno y de las resoluciones que el partido pudiera tomar sobre personas y casos concretos. Sin duda, el pronunciamiento del Rey legítimo a favor de una tendencia, acabaría por alejar otros sectores. Algunos no entendieron este asunto correctamente y otros muchos, honradamente, no pudieron asumir un radicalismo que en ciertos momentos fue absolutamente pueril. Una época en que, como todos los partidos, el carlista padeció de un cierto mimetismo. Desde la perspectiva actual, pienso que determinadas actuaciones correspondían a la función de un secretario general del Partido y que él hubiera tenido que mantenerse más al margen de la disputas de cada día. La influencia que pudieron ejercer personas como el entonces secretario general del Partido, Pepe Zavala, pudo alejar a los defensores de otros criterios de táctica política.

Entiendo que el pensamiento político de don Carlos Hugo y su familia no difiere esencialmente de la línea política e ideológica que nosotros podamos elaborar en nuestros Congresos y Asambleas.

Publicado en el libro La lucha silenciada del carlismo catalán, bajo el epígrafe de Una presencia permanente. VII.- La dinastía carlista, otro elemento básico de referencia (Biblioteca Popular Carlista, núm. 17 , Ediciones Arcos, Sevilla 2007) y tomado de http://www.reflexioncritica.blogspot.com